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LA MUJER MONTAÑA

MUJER AUTOCONOCIMIENTO

-Mamá, tengo un valle en la ventana-dijo Esmeralda.

Ella hablaba con la tierra, susurraba a las flores, a las hormigas y hasta con las nubes. Hablaba con lo que sentía que la miraba de frente, a su altura. Pero aquella montaña le daba la espalda una veces y otras la miraba desde arriba. Desde su pequeña estatura, la montaña se erguía como una gigantesca y escarpada mujer, tan alta que asustaba solo con mirarla.

-Hoy plantaré semillas de uva- cogía las uvas, las metía en su boca una o una, apretaba con sus pequeños dientes y dejaba escapar todo su jugo con la presión adecuada para no triturar la semilla.

Lo había hecho tantas veces que le resultaba muy fácil aplicar la fuerza adecuada para que la semilla siguiera conteniendo todo el potencial de una vid. Luego se dirigía al valle, escarbaba con sus pequeños dedos en la tierra húmeda y le mandaba un mensaje a la semilla a la vez que hacía realizaba su ritual.

-Da lo mejor de ti, supera los obstáculos y crece hacia la luz- susurraba Esmeralda a los diminutos granos.

Su madre le había contado que su abuela había sido una chamana del sur de México y quizás, toda esa sabiduría corría por sus venas.

A medida que iba creciendo seguía mirando aquella montaña inexpugnable. La admiraba; sus escarpadas laderas; su frondoso vientre lleno de plantas; sus piedras bien compactadas y llenas de minerales. Todo era fascinante y todo la fascinaba pero no se atrevía a tocarla, a atravesarla, a descubrir su sombra y su luz, a desmitificarla y dormir en ella.

Su madre le quitaba fuerza al mito asegurándole que llegaría el momento adecuado, cuando se hiciera una mujer poderosa. 

-La sangre vendrá a bendecir tu cambio y la montaña empezará a descender partiéndose en dos para ponerse a tus pies- su madre también tenía el espíritu de la tierra.

Fue un día cualquiera, mientras jugaba con sus hermanos a hacer una pirámide donde se escondían tranquilitos. Una sensación nueva apareció entre sus piernas. Humedad, calor, ganas de acurrucarse y quedarse quieta con su vientre entre sus manos. 

-Ha llegado el momento. Eres una mujer- y su madre cubrió cada rincón de su pecho con besos. Luego besó su frente y puso flores de colores engarzadas en su pelo. LLamó al viento para que le soplara la cara con una brisa suave y le trajera el olor de los árboles centenarios. Dibujó con la rojiza tierra un símbolo en su hombro izquierdo para que recordara el linaje de las mujeres de la familia.

Le entregó una mochila que contenía una manta de paciencia, un bocadillo de comprensión, una pócima de fuerza y un tapper preparado para llenarlo de semillas y sueños.

-Toma, es el momento de mirar a la montaña de frente. Comienza tu camino. Si necesitas volver estaré aquí pero si quieres encontrar tu poder tienes que enfrentarte a tus miedos. LLevas la energía de cientos de mujeres en cada célula de tu cuerpo. ¡Hónralas!

Cuando acarició la ladera con sus pies se dio la vuelta y alcanzó a ver los ojos de su madre que la acompañaban a lo lejos.

No sabía si era miedo o respeto cuando se encontró la primera piedra que le habló. Se la llevó al oído. No quería hablar a sus oídos, la piedra quería hablarle a sus pies.

-Siente la fuerza de la energía que te atrae a la tierra. Conecta con el camino de todos los que han pasado por aquí, yo conozco esa historia, escúchala- la piedra habló.

Cuando su respiración empezaba a entrecortarse, la montaña se convirtió en un manto verde y suave para que descansara. 

Al día siguiente el aire azotó su espalda. Ya no era la brisa suave sino un vendaval que la empujaba a seguir. Se dio cuenta de que si subía, aquel viento empujaría su espalda pero si se rendía y quería descender, la resistencia la impediría correr. Miró hacia arriba y sus pies siguieron a su mirada.

Ahora aquella pared la retaba a sacar todas sus fuerzas, no le iba a permitir lloriqueos. Un trueno gritó:

– Ruge, canta, chilla, descubre tu voz- en ese momento, con una gran inhalación Esmeralda empezó a entonar un canto, cada vez más alto. El eco la acompañaba, le respondía y la animaba.

Paso a paso fue descubriendo su rabia, su dolor, su miedo y transformando esa energía. Acarició sus pies heridos con amor, disfrutó de su cuerpo desnudo en un arroyo, superó paredes, terrenos rotos y las voces de su imaginación.

Cuando llegó a la cumbre sonrió. Ahora podía mirar a la montaña de frente y el valle desde lo alto. Entonces pudo darse cuenta de todo lo que había ido sembrando año tras año. Frutales, plantas y un cuadro perfecto lleno de colores. 

SOLO DESDE LA DISTANCIA SE CONTEMPLA NUESTRO PASO.

LOLADESPERTARES.

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